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Pasión por las calculadoras mecánicas

-Entrevista a Roberto Trillo-

Roberto junto a algunas de sus mejores calculadoras mecánicas.

Un día llega a nuestras manos un objeto que logra cautivarnos: puede ser un mueble antiguo de madera, una moneda rara, una tela cubierta con variados pigmentos, una estampilla de un país muy lejano, o cualquier cosa que usted pueda o se permita imaginar… Muchas veces no existe una explicación para la fascinación que despierta en nosotros esa “cosa”, ese simple “ente material”. ¿Por qué no podemos evitar reposar la mirada sobre un simple reloj cucú cuando resta un minuto para el cambio de hora? ¿Qué tiene de interesante esa vieja moneda con la cual ya no podemos comprar nada? ¿Y esta pintura colorida que ilustra un puente icónico del sur porteño? ¿Acaso comprendemos realmente qué ocurrió la tarde en que decidimos guardar una estampilla, reprimiendo para siempre su destino de darle alas a una carta?

Algún tiempo atrás recibí un mensaje que me cambió la agenda: Roberto Trillo me escribió para invitarnos a mi pareja y a mí a comer un asadito en su casa… ¡cómo negarnos! Aclaro, para quienes aún no conocen a Roberto, que nuestro entusiasmo no provino de la posibilidad de disfrutar una deliciosa carne a la parrilla: su casa es, sin exagerar, un catálogo inagotable de maravillas mecánicas, un monumento a la memoria viva del cálculo hecho “a manija”. Roberto es, para ponerlo en palabras modestas, el mayor coleccionista de calculadoras mecánicas de Argentina, poseedor de una de las colecciones más importantes (si no la más importante) de toda Sudamérica. Pero sobre todas las cosas, Roberto es una persona apasionada por la docencia y la historia, alguien que con mucha generosidad comparte su pasión por esos objetos que, más allá de permitir las cuatro operaciones fundamentales de la aritmética, maravillan por la creatividad de sus diseños, la maestría de su fabricación y lo intrincado de sus mecanismos. Basta una simple búsqueda en internet para descubrir que este mago de las “cuentas con engranajes” recorrió escuelas, museos y canales de televisión llevando con él valiosas piezas de su colección y elementos didácticos para el disfrute de grandes y chicos.

Después de un muy agradable almuerzo, en el cual las ricas berenjenas al escabeche de su compañera Liliana y un buen malbec hicieron su aporte, le pedí a Roberto la posibilidad de realizarle una pequeña entrevista en su taller; para mi fortuna la propuesta fue aceptada, y es así como ustedes tendrán la posibilidad de adentrarse, a través de las palabras del propio Roberto, en el apasionante mundo del coleccionismo de calculadoras mecánicas.

Julián:

Saludos Roberto, nos encontramos en un día feriado… lunes 15 de agosto de 2022… dejo la grabadora sobre tu mesa, junto a unos engranajes de madera… ¿qué estás fabricando?

Roberto:

Estoy construyendo una maquinita “Pascalina” para llevar al museo de Especio TEC, así pueden usarla los chicos y ver cómo funcionaba la primera calculadora del mundo, diseñada por Blaise Pascal en 1643.

J: Es increíble cómo ha avanzado la tecnología, al punto en que hoy es posible realizar cálculos muy complejos con cualquier teléfono celular… pero seguro existieron varios pasos en el camino que inició con la Pascalina… ¿ese camino es tu objeto de estudio Roberto?

R: Es cierto, es largo ese camino. En mi colección pongo el foco exclusivamente en las calculadoras mecánicas; no tengo nada que se enchufe, eléctrico ni electrónico… bueno, en realidad hay una excepción: guardo en aquella vitrina una pequeña calculadora electrónica a pilas, que en los ‘90 se conocieron como “calculadoras tarjeta”… cuando la veo pienso en el creador de la antigua calculadora Monroe, que debe pesar unos 30kg…. estamos hablando de máquinas hechas hace solo 120 o 130 años, es decir, no tenemos que remontarnos al nacimiento de Cristo… ¿qué diría él al ver esta miniatura electrónica? ¿qué pensaría si le cuento que su nieto ya podrá utilizar una de estas maravillas, que no tiene nada mecánico en su interior y que es del tamaño de la “etiqueta” de su calculadora tan voluminosa y pesada? Seguramente, ese hombre me hubiera tomado por alguna clase de Julio Verne, es decir, pensaría que mi calculadora tarjeta no es ciencia, sino “ciencia ficción”… algunas veces pienso, ¿qué ocurriría si viniera alguien a contarnos cuáles serán las maravillas que verá mi nieto cuando tenga mi edad?

J: Arthur C. Clarke dijo una vez que cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia…

R: ¡Exacto! ¿Cómo le podés decir a un hombre que estaba diseñando una calculadora llena de engranajes que dentro de 80 años iba a existir una máquina tan chiquita, y sin partes móviles..? ¡Magia! Sin embargo existe.

J: Roberto, ¿tenés una estimación, una noción de cuántas calculadoras tenés en tu colección?

R: Normalmente digo que puedo llegar a tener unas 200 máquinas… pero quizá eso no sea del todo verdad… algunas de las máquinas fueron utilizadas como donantes de piezas para otras del mismo modelo… una suerte de donantes de órganos mecánicos. Podría decirse, con todo rigor, que el corazón de mi colección está formado por unas 70 máquinas, de las cuales unas 40 me acompañan acá en mi casa… estas están en perfecto estado, todas funcionando. Esa funcionalidad me incentiva a mostrar mi colección, a recorrer escuelas secundarias y otros lugares, enseñando que existieron otras herramientas para hacer cuentas antes del celular.

J: Sin dudas es una excelente puerta de entrada a la historia de la ingeniería… imagino que con tantas máquinas disponibles debe haber existido mucha competencia, guerras de patentes y esas cosas… ¿es así?

R: Sí, en aquellos días la competencia era feroz, y eso llevó a la creación de mecanismos muy innovadores… a mí me cuesta decir que estas máquinas son obsoletas: la Comptometer, por ejemplo, que fue creada en Estados Unidos alrededor de 1880 y fabricada hasta 1960 con el mismo principio básico de funcionamiento, permite hacer cuentas con mucha mayor velocidad en comparación a un teléfono celular si uno aprende a utilizarla correctamente, al menos para las operaciones de suma y resta… esto se debe a que los dígitos de los sumandos pueden ingresarse “en paralelo”, mientras que en nuestros teléfonos tenemos que introducirlos de manera secuencial.

J: ¿Se podría decir que las Comptometer son tus calculadoras favoritas?

R: Me gustan mucho las Comptometer, porque brindan la posibilidad de hacer cuentas con mucha velocidad… pero debo decir que también hay otras máquinas que me maravillan: las Adix, por ejemplo, son maquinitas muy livianas que pueden llevarse en el bolsillo, y que tienen el encanto de tener “a la vista” todos sus engranajes, de forma que uno puede ver y tratar de entender su principio de funcionamiento… eso me fascina. Tampoco puedo dejar de lado máquinas especiales como la calculadora “Curta”, también llamada la “maravilla mecánica”… es muy placentero realizar sumas con este instrumento que tiene más de 400 piezas y cabe en la palma de la mano, sintiendo el movimiento de sus engranajes puestos a nuestro servicio… le tengo estima a pesar de no ser una máquina especialmente antigua en mi colección, ya que se empezaron a fabricar en 1948. Para ser sincero, me gustan todas las calculadoras mecánicas.

J: ¿Qué me podés contar sobre la Pascalina que estás fabricando? ¿Tenés alguna en tu colección?

R: Pascal la desarrolló en 1642, y fabricó unas cincuenta unidades, de las cuales todavía sobreviven nueve: ocho como parte de colecciones en museos y una en manos privadas. Lo curioso es que luego de la Pascalina, y por un lapso de 200 años, no se fabricaron nuevas calculadoras. La primera que llegó a comercializarse ya en el siglo XIX fue el aritmómetro de Charles-Xavier Thomas, alrededor de 1850… a partir de allí comenzó la “época de oro” de las calculadoras mecánicas.

J: Así como Suiza se caracteriza por la construcción de buenos relojes, ¿sería correcto decir que también fue el país que más se destacó a la hora de fabricar calculadoras mecánicas?

R: Suiza, al igual que Alemania, se caracterizó siempre por la calidad de sus mecanismos (calidad sobre cantidad)… podemos decir que fabricaron las máquinas de mayor calidad entre 1850 y 1930. Luego, cuando EE. UU. ingresó en el mercado fabricando la Monroe, el juego cambió: ahí se empezaron a fabricar máquinas en gran cantidad.

J: Pensando en quienes no están muy familiarizados con estas máquinas, es posible que el término “calculadora mecánica” pueda ser asociado con esas viejas y populares sumadoras “Olivetti”, que imprimían en una tira de papel sus resultados…

R: Sí, esas máquinas imprimían en papel, pero debemos decir que las máquinas pioneras en ese campo fueron las Burroughs. Entre 1880 y 1920 existió una competencia fuerte entre Burroughs y Comptometer… las Burroughs llegaron a ser tan grandes y pesadas que traían su propia mesa.

J: Roberto, si me lo permitís, me gustaría dejar de lado por un momento el aspecto histórico y técnico para realizarte un par de preguntas más cercanas al coleccionismo: ¿cómo llegás vos a las calculadoras mecánicas? Es decir, ¿cuál fue el punto de inicio de esta tremenda colección?

R: Bueno, antes que nada dejame decirte que esta “tremenda” colección se formó sola… cuando alguien pone pasión y garra, las cosas terminan llegando… sea lo que sea que uno coleccione. Quizá esto te cause gracia, pero yo creo que uno no elige su colección, sino que son los objetos los que, de alguna forma, lo eligen a uno: a lo largo de la vida pasan por nuestras manos muchos artefactos raros… si hay uno que te llama hay que prestar atención… ¿qué tiene esto? ¿por qué me cautiva? A mí me gusta mucho la mecánica… un día me llamó la atención una máquina que estaba en venta en Mercadolibre, muy barata… salió algo así como lo que cuesta un café con dos medialunas. Como estaba toda vieja y trabaja dije “la voy a desarmar para ver qué tiene adentro, total… ¿qué puedo perder?”

J: ¿Recordás cuándo fue esta primera compra?

R: Debe haber sido hace aproximadamente 15 años… yo tengo 68 años, así que puede decirse que empecé hace relativamente poco…. fue una locura que me agarró… y no paré. Volviendo a aquella primera calculadora, recuerdo que el día que la desarmé no dormí… a eso de las tres de la mañana descubrí de qué forma la máquina realizaba la multiplicación… te imaginarás lo que me dijo Liliana cuando se lo comenté con tanto entusiasmo a esa hora… bueno, el asunto es que me encantó el mecanismo, y así fue como se me ocurrió escribirle al jefe del servicio técnico de Monroe (que todavía existe, solo que ahora fabrican máquinas electrónicas), y él me contestó muy amablemente contándome que mi máquina era el “Modelo B” de 1911… con su mejor intento de castellano me dijo “manual de usuario no disponible en línea”. A esto yo le respondo, a modo de broma… “¡Qué poca seriedad de la firma! ¡Hace solo 100 años que dejaron de fabricarla y ya no tienen el manual! Ni soñar con pedirles el repuesto entonces… una fábrica así no va a subsistir por mucho tiempo”. Bueno, parece que los yanquis no entienden mucho este tipo de humorada… un tiempo después compré otra Monroe, el “Modelo K” (el “caballito de batalla” de la fábrica), y le escribí nuevamente a este señor: le expliqué que lo anterior había sido una broma, y le expresé la emoción que me producía el ver a mi nieto junto a estas máquinas… parece que le toqué alguna fibra sensible, porque me contestó enviándome muchísimas fotos de la fábrica en 1911, entre las que aparecía el fundador de la empresa, ya anciano, junto a un escritorio… frente a él estaba la primera máquina que yo había comprado. También me explicó que la máquina Modelo K fue muy popular (se habían hecho más de 200.000 unidades), pero me expresó haber quedado perplejo ante la primera (Modelo B): “¿Cómo es posible que esa máquina haya terminado en Sudamérica, siendo una de las primeras 1000 que se fabricaron? Es una máquina hecha a mano… qué lástima que Ud. no sea coleccionista, de lo contrario tendría en sus manos una verdadera pieza de museo”… y eso fue todo: a partir de ahí no pude parar más; ese fue el comienzo de mi camino en el mundo del coleccionismo.

J: ¡Qué interesante inicio! ¿y cómo seguiste?

R: A partir de ahí me interesaron mucho los mecanismos, comencé a investigar y aprendí sobre las distintas marcas que existieron… por otra parte, el hecho de tener una casa de antigüedades me ayudó a la hora de encontrar máquinas raras… muchos colegas, cuando encuentran alguna máquina en un galpón me llaman y me preguntan: “¿te sirve para tu colección?¿la tenés?”… últimamente respondo con mayor frecuencia con un “gracias, ya la tengo”, pero siempre aparece algo nuevo.

J: Estando acá en tu taller, Roberto, veo que también tenés unos cuantos relojes “cucú” y relojes “aniversario” en reparación… ¿también sos aficionado a la relojería?

R: Exacto, todo lo que sea mecánico es bienvenido, porque lo entiendo y puedo repararlo. Muchas veces veo a Liliana tocando el piano y me maravillo, el arte es un don, al igual que la mecánica… ese es mi don: entiendo a las máquinas, me gustan; por eso es que las colecciono, y por eso es que me gusta transmitir mis conocimientos a los chicos… un niño o una niña de 10 o 12 años no se imagina cómo se hacía para marcar un número en un teléfono “a disco”: algo que hasta hace no tanto nos parecía de lo más mundano y normal hoy ya no se conoce… menos aún imaginan que una calculadora puede funcionar con engranajes.

J: ¿Imaginás a estas calculadoras todavía en funcionamiento en los próximos 50, 100 o 200 años?

R: A veces vas a una casa de remates y ves relojes muy extraños en una pared… te da la sensación de que “murió el abuelo”, y cargaron todo así nomás para ponerlo en venta… en realidad no sé qué pasará con estas máquinas, yo las estoy disfrutando en este momento. Pero en relación a lo técnico, creo que la calidad y robustez de estos componentes pueden permitir su subsistencia por muchas décadas más… es como la vieja heladera Siam de la abuela, imposible de comparar con las heladeras de ahora. Hoy las cosas están hechas para durar un poquito más de lo que cubre la garantía… las calculadoras mecánicas, por otra parte, estaban hechas con la idea de que debían durar “para siempre”… el concepto era otro, y el mundo también.

J: ¿Imaginás a alguno de tus nietos continuando esta colección algún día?

R: No sé qué va a pasar… quizá alguno de ellos… sé que mis hijas probablemente no… me gustaría que eso pase. Sin embargo, y por sobre todas las cosas, lo que más disfruto es poder compartir mis máquinas en las escuelas, al menos unas 10 de ellas que son las que caben en un baúl del auto… así las ideas y el conocimiento pasan a la próxima generación. Estos bienes intangibles son mucho más importantes que las máquinas en sí mismas.